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Por: Víctor R. Hernández
Hay victorias que no se miden en marcador. Esta es una de ellas.
Durante semanas vimos algo que ningún equipo de mercadotecnia, ninguna campaña de gobierno ni ninguna estrategia de comunicación política habría podido comprar: el mundo entero, sin que nadie se lo pidiera, decidió ponerse la playera de México. Sí, esa playera que anoche se quedó llorando ante Inglaterra.
A lo largo del mundial mexicano, vimos a alemanes que se quitaron su propia camiseta al quedar eliminados para revelar debajo la tricolor. Coreanos gritando que México es el mejor país del mundo. Un japonés llorando la derrota de su selección y siendo levantado en hombros por un mexicano, para terminar celebrando como si el verde también fuera suyo. Y hasta el embajador de Japón, y un español que decidió que su bandera, por un rato, sería otra.
¿Cuántas veces en la historia de un Mundial habíamos visto que los países eliminados terminaran adoptando a otro como propio? Nunca. Esto no estaba en el guion de nadie.
Y aquí es donde toca ser honesto, incluso a quienes el fútbol no les mueve un pelo: esto no habla del equipo mexicano. Habla del mexicano de a pie. Del que recibe, del que abraza, del que hace sentir en casa a quien viene de fuera aunque no entienda su idioma ni sepa nada de su bandera.
En un mundo donde México suele aparecer en los titulares internacionales por violencia, por migración forzada, por crisis, de pronto apareció por otra razón: por calidez. Por una hospitalidad que no se decreta ni se planea desde ninguna oficina de turismo, sino que simplemente es.

Los gobiernos gastan fortunas en campañas de “Marca País” que nadie recuerda. Y resulta que la mejor campaña de imagen que ha tenido México en años no la hizo ninguna secretaría: la hizo la gente, en las calles, sin cámaras oficiales ni presupuesto público.
Que quede claro: esto no borra los problemas reales del país. No resuelve nada de lo que sí duele. Pero sí demuestra algo que a veces se nos olvida hasta a nosotros mismos: que el mexicano, cuando se le da la oportunidad, sigue siendo capaz de conquistar sin necesidad de imponerse.
Ese día, en medio del ruido de un Mundial, el mundo no aplaudió un gol. Aplaudió a la gente.
Y eso, guste o no el fútbol, es historia.
El otro marcador: el que
sí se cuenta en dinero
Y ya que hablamos de fenómenos sin precedente, hay uno que no se vio en las gradas sino en las cifras de ventas: la playera de México fue, oficialmente, la más vendida de todo el Mundial 2026. Cinco millones de unidades, por encima de selecciones que históricamente han sido máquinas comerciales como Brasil, España o Francia. Ni siendo campeonas del mundo han logrado eso.
Ahí está, otra vez, esa misma fuerza de la que hablábamos: el mexicano —y quien se identificó con México— llevando puesta esa playera verde con orgullo, en cualquier rincón del planeta.
Pero aquí la historia deja de ser solamente motivo de orgullo y empieza a oler a negocio mal repartido.
El jersey que se llevó todos los reflectores fue el de la primera equipación, con la Piedra del Sol —el calendario azteca— estampado al centro. Una pieza que no pertenece a Adidas, ni a la Selección, ni a ninguna marca: pertenece al patrimonio histórico de México. Y por usarla, Adidas pagó al INAH 41 mil pesos.
Hagamos la cuenta que muchos medios ya hicieron: con playeras de jugador entre 2 mil y 3 mil pesos cada una, y 5 millones vendidas, hablamos de ventas cercanas a los 10 mil millones de pesos. Diez mil millones de pesos contra 41 mil pesos pagados por usar un símbolo que es, literalmente, patrimonio de todos los mexicanos.
No hace falta ser economista para ver la desproporción. Y no hace falta odiar el capitalismo ni al fútbol para preguntarse: ¿por qué el INAH no negoció regalías sobre ventas, en lugar de una cuota fija que hoy resulta risible? ¿Por qué nadie en el gobierno mexicano puso una cláusula que ligara ese uso comercial a un porcentaje, aunque fuera mínimo, destinado a los museos y zonas arqueológicas del país?


La imagen del calendario azteca dio la vuelta al mundo pegada al pecho de millones de aficionados. Adidas hizo negocio legítimo, nadie lo duda. Pero el patrimonio cultural mexicano terminó siendo, otra vez, la materia prima barata de la que otros sacan la ganancia.
Ahí se cruzan las dos caras de esta historia: por un lado, el mundo que se rindió ante la calidez del mexicano y adoptó su playera como símbolo de identidad prestada; por el otro, las instituciones mexicanas que, teniendo en las manos ese mismo símbolo, no supieron —o no quisieron— cobrar lo que valía.
México, otra vez, puso el corazón. Falta ver quién pone, de una vez por todas, el cálculo.