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Por: Víctor R. Hernández
El gobierno de Claudia Sheinbaum encontró la fórmula mágica para acabar con el desabasto de medicamentos: eliminar las medicinas.
El 31 de marzo de 2026, el secretario de Salud, David Kershenobich, anunció con tono técnico y actitud triunfal que el catálogo de compras consolidadas pasaría de 2,753 a 1,929 claves. Es decir, 824 medicamentos menos. La justificación oficial fue impecable en el discurso: se eliminaron “no esenciales”, se quitaron duplicidades y se priorizaron los fármacos con mejores resultados clínicos según la OMS. La presidenta, por su parte, presumió un abasto del 97 %.
Cuatro meses después, el listado concreto de esas 824 claves sigue sin publicarse. Ni las alternativas. Ni la evidencia clínica que justifica cada eliminación. Ni la consulta a especialistas ni a pacientes. Solo el anuncio, la propaganda y el silencio.
Esto no es modernización. Es racionamiento disfrazado de eficiencia.
Cuando un gobierno reduce deliberadamente el número de tratamientos que está obligado a surtir, el porcentaje de abasto sube de manera automática. Menos claves igual a menos faltantes que reportar. El 97 % se vuelve más fácil de alcanzar cuando el denominador se achica. Es una trampa contable que se paga con la salud de la gente, de los pobres que Morena dice representa. Los más afectados son, como siempre, los pacientes más vulnerables. De las 824 claves, 78 correspondían a pediatría y 680 a atención hospitalaria, donde se concentran los tratamientos oncológicos, las enfermedades raras, el VIH, la diabetes de difícil control y los fármacos innovadores. Medicamentos que en muchos casos no son intercambiables. Que no se pueden sustituir por “alternativas más baratas” sin poner en riesgo la respuesta terapéutica, la calidad de vida o, directamente, la supervivencia.
El gobierno dice que los médicos siguen teniendo libertad de prescribir. La realidad operativa dice otra cosa: los sistemas digitales de IMSS-Bienestar empiezan a bloquear las recetas que no están en el catálogo reducido de cada unidad. Hospitales de segundo nivel operando con cerca de 871 claves. Primer nivel con cifras cercanas a 147. La libertad de prescripción se convierte en libertad de elegir entre lo que hay… o nada.
En Durango la consecuencia es concreta y costosa. Mientras el gobierno federal presume cifras nacionales, el estado ha tenido que sacar recursos propios para comprar y distribuir más de un millón y medio de piezas de medicamentos. El gobernador Esteban Villegas y la Secretaría de Salud estatal han tenido que salir a comprar lo que la Federación recorta o no entrega a tiempo. Pacientes del IMSS y del ISSSTE siguen viéndose obligados a surtir recetas en farmacias privadas. Familias que pagan de su bolsillo lo que debería garantizar el sistema público. El Centro Estatal de Cancerología mantiene a duras penas el abasto de oncológicos pediátricos gracias al esfuerzo local, no gracias a la “modernización” federal. Esto no es nuevo. Es la continuidad de una lógica que viene desde el sexenio anterior: primero se destruyó el sistema de compras que funcionaba, se improvisó con Birmex y la Megafarmacia, se generó el peor desabasto en décadas y ahora, en lugar de reconstruir capacidad real, se reduce el catálogo para que las cifras se vean mejor.
La austeridad bien entendida no consiste en borrar tratamientos. Consiste en comprar bien, distribuir bien y garantizar que el paciente reciba lo que necesita, no lo que el protocolo más barato permite. La selección racional de medicamentos es un principio válido. Convertirla en una operación de opacidad, sin lista pública y con restricciones operativas, es otra cosa: es imponer un racionamiento terapéutico desde el escritorio. Hasta hoy, 4 de agosto de 2026, la Secretaría de Salud no ha publicado el listado de las 824 claves eliminadas de las compras 2027-2028. Mientras ese listado no aparezca, con nombre, justificación clínica y alternativas claras, lo único que tenemos es propaganda de abasto y pacientes que siguen enfrentando la realidad en las farmacias.
Borrar medicinas no es resolver el desabasto. Es esconderlo.
Y en salud, lo que se esconde, termina cobrando factura en vidas.