SIN CENSURA.- Ag. 17. 2026 La farsa de la “injerencia”: cuando un simple ciudadano se convierte en causa de Estado

Tiempo de lectura aprox: 3 minutos, 13 segundos

Por: Víctor R. Hernández


Hay un punto en el que la narrativa oficial deja de ser política y se vuelve simple cinismo. Ese punto se alcanzó cuando Morena y la propia presidenta Claudia Sheinbaum decidieron convertir el retiro de la visa estadounidense a Andrés Manuel López Beltrán en un “ataque a la soberanía nacional” y en una “injerencia extranjera”.

Es, como bien se ha señalado, verdaderamente bárbaro.

Andy López Beltrán no es el Estado mexicano. No es un funcionario electo. No es embajador, ni secretario de Estado, ni gobernador, ni diputado. No representa a nadie más que a sí mismo y al apellido que lo sostiene. Es un ciudadano particular que hasta hace poco ocupaba un cargo partidista (secretario de Organización de Morena) y que ahora aspira a una diputación federal por Tabasco. Punto. Nada más.

Y, sin embargo, la maquinaria de la 4T ha decidido elevarlo a la categoría de víctima de una embestida imperial. Ariadna Montiel, presidenta nacional de Morena, declaró que los hechos “trascienden a una persona” y que se trata de un “intento de intervenir en la vida política de México desde los sectores más radicales de la ultraderecha internacional”. La presidenta Sheinbaum habló de una medida “esencialmente política” y de “injerencia”. El propio Andy, con la sobriedad que lo caracteriza, llamó a organizarse ante la “inminente embestida a la soberanía nacional”.

Todo por la visa de un particular.

El truco de siempre

La operación es vieja y efectiva: cuando un miembro del círculo íntimo es tocado, el movimiento completo se declara agredido. Se borra la distinción entre lo personal y lo institucional. Se convierte al hijo del líder en símbolo de la patria. Y de paso se desvía la atención de lo único relevante: ¿por qué Estados Unidos decidió cancelarle la visa?

Washington no ha dado explicaciones públicas, como tampoco las ha dado en los más de 50 casos de políticos y funcionarios mexicanos (casi todos de Morena) a los que les ha retirado el documento desde 2025. La política de la administración Trump es clara: presionar a personas políticamente expuestas que, según su criterio, tienen vínculos o toleran al crimen organizado. Puede gustar o no. Puede ser selectiva o no. Pero es una decisión soberana de otro país sobre a quién permite entrar a su territorio.

Lo que no es soberano es pretender que la visa de Andy López Beltrán sea un asunto de Estado. México no tiene ninguna obligación de defender el derecho de un particular a viajar a Estados Unidos. Mucho menos cuando ese particular acaba de escribir una carta pública al presidente Trump en la que califica de “hitleriana” la decisión, llama “jefes de pandillas” a funcionarios estadounidenses y le exige al mandatario que destituya a su secretario de Estado y a su subsecretario.

Eso no es diplomacia. Es un acto de soberbia de alguien que confunde el apellido con el poder institucional.

La doble moral en su máxima expresión

Si mañana un ciudadano estadounidense cualquiera le escribiera a Claudia Sheinbaum una carta pública acusando a sus secretarios de actuar “al estilo hitleriano” y pidiéndole que los despida, la respuesta oficial sería de indignación total. Se hablaría de falta de respeto a las instituciones, de injerencia, de soberbia. Pero cuando lo hace el hijo del expresidente, de pronto se convierte en un acto de dignidad y de defensa de la soberanía.

El mismo movimiento que durante años denunció la “injerencia” de embajadores y de la DEA cuando tocaban temas de seguridad, ahora convierte la cancelación de una visa personal en causa nacional. El mismo movimiento que se indigna cuando un funcionario mexicano es señalado por Washington, guarda silencio o minimiza cuando sus propios operadores son investigados por huachicol, por nexos con grupos criminales o por el uso clientelar de recursos públicos.

La diferencia es evidente: cuando el afectado es “de los nuestros”, la medida extranjera deja de ser una decisión migratoria y se transforma en agresión al proyecto histórico. Cuando el afectado es del otro lado, entonces sí se habla de “razones de seguridad nacional” o de “colaboración contra el crimen organizado”.

Lo que realmente se protege

No se está defendiendo la soberanía de México. Se está defendiendo el estatus de una familia política. Se está protegiendo el derecho de los herederos del poder a moverse por el mundo sin las consecuencias que cualquier otro ciudadano enfrentaría. Se está normalizando la idea de que el hijo del líder es, por definición, una figura de Estado aunque no ocupe ningún cargo de representación popular.

Eso es lo bárbaro. No el retiro de la visa. La transformación de un asunto personal en bandera de soberanía. La conversión de un particular en símbolo de la nación. La utilización del discurso antiimperialista para blindar a quien no representa más que a su círculo.

Andy López Beltrán tiene todo el derecho de molestarse por la cancelación de su visa. Tiene derecho a protestar, a escribir cartas, a llamar “canallada” a la decisión. Lo que no tiene derecho es a exigir que el gobierno de México y el partido en el poder conviertan su problema migratorio en una crisis de soberanía. Y lo que menos tiene derecho es a que le hagan el juego.

Porque cuando un simple ciudadano se eleva a la categoría de causa nacional, lo que se debilita no es la posición de Estados Unidos. Lo que se debilita es el propio concepto de soberanía. Se vuelve un cascarón vacío, útil solo para proteger a los de adentro.

Y eso, más que injerencia extranjera, es una confesión de cómo se entiende realmente el poder en la 4T: no como responsabilidad institucional, sino como patrimonio familiar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *