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Por: Víctor R. Hernández
Rosalba Julieta- Víctima del transporte urbano a mañana del domingo, poco después de las ocho, la rutina dominical del Centro Histórico de Durango se convirtió en una escena trágica que, más allá del accidente, revela algo más profundo y preocupante sobre la sociedad en la que vivimos.
Rosalba Julieta Moreno Valdez descendió de un camión del transporte urbano, de los conocidos como “azules”, sobre la calle Aquiles Serdán, casi al llegar a Francisco I. Madero. No era una parada oficial. Como ocurre todos los días en la ciudad, el chofer se detuvo donde el pasajero lo pidió. Rosalba bajó, caminó unos metros y trató de cruzar la calle de norte a sur.
En cuestión de segundos ocurrió lo inevitable.
Una camioneta Jeep negra que realizaba una maniobra de rebase por el carril izquierdo no alcanzó a verla. La mujer cruzaba entre los vehículos detenidos. El conductor tampoco percibió su presencia hasta que fue demasiado tarde. La camioneta la impactó y las llantas pasaron sobre su cuerpo.
Murió en segundos.
El video difundido en redes sociales muestra el momento con crudeza. No hay dramatización ni exageración: sólo la frialdad de los hechos. Pero el verdadero drama no termina con el impacto. Comienza después.
Detrás del autobús azul se encontraba otro camión del transporte urbano, de los conocidos como “naranjas”. Su conductor vio todo de frente. Se detuvo unos instantes… y siguió su camino.
Otros vehículos pasaron lentamente por el lugar. Los conductores observaron la escena, redujeron la velocidad, miraron el cuerpo de la mujer tendido en el pavimento… y continuaron su trayecto.
Nadie bajó.
Nadie se acercó.
Nadie intentó auxiliar.
El conductor del Jeep descendió de su vehículo. Según los reportes, entró en shock y realizó una llamada al 911. Luego volvió a subir a la camioneta y avanzó varios metros hasta detenerse más adelante. Posteriormente sería localizado por las autoridades y puesto a disposición del Ministerio Público.
Pero el punto central de esta historia no es solamente la responsabilidad legal del conductor, que deberá determinar la autoridad.
El punto central es otro.
La indiferencia.
En ese momento, en esa calle, en ese cruce del Centro Histórico, quedó retratado el rostro más frío de la vida urbana contemporánea: ciudadanos que observan el dolor humano como si fuera parte del paisaje.
Rosalba Julieta Moreno Valdez tenía 42 años.
No era una estadística. No era una imagen viral. No era un video más en redes sociales.
Era una persona.

Sin embargo, durante minutos quedó tirada en medio de la calle sin que nadie se acercara a verificar si respiraba, si aún había posibilidad de salvarla, si necesitaba ayuda.
Como si se tratara de un objeto.
O peor aún: como si se hubiera atropellado a un perro.
La escena resulta todavía más paradójica por la fecha en que ocurrió.
El domingo 8 de marzo.
El Día Internacional de la Mujer.
Por la tarde, miles de mujeres duranguenses marcharon por las calles del centro exigiendo justicia para las víctimas de violencia, para las desaparecidas, para las mujeres maltratadas.
Una exigencia legítima.
Una causa justa.
Pero en la misma ciudad, ese mismo día, horas antes, una mujer murió sola en la calle mientras decenas de personas pasaban frente a su cuerpo sin detenerse. Nadie gritó.
Nadie pidió ayuda.
Nadie corrió a auxiliarla.
Nadie preguntó su nombre.
Rosalba Julieta murió en el anonimato de una ciudad que, paradójicamente, por la tarde gritaba consignas contra la violencia y la injusticia.

Esta tragedia obliga a reflexionar sobre tres elementos que no pueden ignorarse. Primero: la irresponsabilidad cotidiana del transporte público. Bajar pasajeros fuera de las paradas oficiales es una práctica común que pone en riesgo a miles de personas todos los días. Segundo: la imprudencia vial. Maniobras de rebase en zonas con visibilidad reducida son una combinación peligrosa que suele terminar en tragedia.
Y tercero —quizá el más grave—: la creciente indiferencia social.
Hoy el ciudadano promedio cuida únicamente su metro cuadrado. Lo que ocurre a un lado, lo que sucede a unos metros, lo que le pasa a otro ser humano… parece no importarle.
Se mira.
Se graba.
Se comenta.
Y se sigue de largo.
Esa es la radiografía de una sociedad que exige derechos, que reclama justicia, que levanta la voz en las plazas públicas… pero que muchas veces es incapaz de detenerse un minuto para ayudar a alguien que agoniza en la calle.
Rosalba Julieta Moreno Valdez murió el 8 de marzo.
Murió atropellada.
Pero también murió rodeada de indiferencia.
Y esa, quizá, es la tragedia más grande de todas.