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Por: Víctor R. Hernández
Lo ocurrido en la refinería de Dos Bocas no es un accidente aislado. Es el síntoma más claro —y más grave— de una forma de gobernar: improvisada, opaca y profundamente irresponsable.
Pero son tan cínicos e incompetentes, que de seguro saldrán hoy con que fue culpa de Felipe Calderon o, tambien, de Peña Nieto.
Morena ha construido un discurso donde las obras emblemáticas son símbolo de orgullo nacional. Pero en la práctica, esas obras se han convertido en una cadena de errores, omisiones y tragedias. No es percepción: es evidencia acumulada.
Ahí está el AIFA, inundado, subutilizado y lejos de cumplir el propósito para el que fue vendido. Ahí está el Tren Maya, impuesto sin estudios ambientales sólidos, con daños irreversibles a ecosistemas y con incidentes operativos que ya no pueden ocultarse. Ahí está el Tren Interoceánico, que prometía desarrollo y terminó exhibiendo fallas que han costado vidas.
Y ahora, Dos Bocas.
Cinco personas muertas. Cinco. Ese es el dato que el gobierno intentó dosificar, retrasar y maquillar durante horas. Porque más grave que la tragedia fue la reacción oficial: negar, minimizar y deslindarse.
Pemex intentó construir una narrativa absurda: que el incendio ocurrió “afuera” de la refinería. Como si eso cambiara algo. Como si el origen —las aguas aceitosas— no fuera responsabilidad directa de la operación interna.
Las aguas aceitosas no aparecen por generación espontánea. Son residuos del proceso de refinación. Son altamente inflamables. Y su manejo exige protocolos estrictos, previsión y control. Nada de eso ocurrió.
El propio gobierno terminó reconociendo que esas aguas se desbordaron por las lluvias. Pero en Tabasco llueve todos los años. No es un fenómeno extraordinario. Es una condición estructural del entorno. Si una refinería no está preparada para operar bajo lluvia, entonces no está preparada para operar.
Así de simple.
El incendio no fue una fatalidad. Fue consecuencia. Consecuencia de no prever, de no contener, de no supervisar. Consecuencia de priorizar la inauguración política sobre la operación técnica.
Y luego vino lo más indignante: la manipulación del relato.
Durante horas no hubo muertos. Después, sí hubo muertos, pero “afuera”.

Luego, que eran trabajadores externos. Como si eso redujera la responsabilidad. Como si la vida de un contratista valiera menos que la de un empleado directo.
La realidad es otra: las aguas aceitosas salieron de la refinería. Se incendiaron. Y ese incendio mató a cinco personas. No hay forma de maquillarlo.
Lo preocupante no es solo la tragedia. Es el patrón.
Todo lo que este gobierno toca, se deteriora. No por mala suerte, sino por una combinación peligrosa: soberbia política, desprecio por la técnica y obsesión por el control del discurso.

Se gobierna para la narrativa, no para la realidad.
Y cuando la realidad irrumpe —en forma de descarrilamientos, incendios o inundaciones— la respuesta no es asumir, sino encubrir.
México no puede normalizar esto.
Porque detrás de cada “incidente” hay vidas humanas. Hay familias. Hay comunidad es que pagan el costo de decisiones mal tomadas desde el poder.
Dos Bocas no es solo una refinería. Es el espejo de un gobierno que prometió transformación y ha entregado, una y otra vez, tragedia.
Y frente a eso, el silencio ya no es opción.