SIN CENSURA Ene 14 2026 El Plan Venezuela: la reforma política de Morena para perpetuarse en el poder

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Por: Víctor R. Hernández

No es exageración. Lo que se está fraguando en nuestro país desde este naciente 2026 es un cambio de régimen. Un giro calculado, frío, técnicamente diseñado para que la democracia deje de ser un mecanismo de alternancia y se convierta en un trámite de ratificación. Así empezó Venezuela. Así se consolidó el poder de Nicolás Maduro. Y así pretende operar el llamado Plan Venezuela versión mexicana, presentado ayer por la tarde, por la cúpula política de Morena a Claudia Sheinbaum.

Sheinbaum y Morena insisten en que la reforma electoral que viene es “austera”, “moderna”, “democratizadora”. Es falso. Es una ingeniería de hegemonía que busca eliminar los contrapesos, asfixiar a la oposición y convertir al Estado en el brazo electoral permanente del partido en el poder.

Aquí no se trata de mejorar elecciones. Se trata de ganarlas siempre. Veamos como:

1- Primero, cortar la voz

La eliminación —o mutilación— de los diputados plurinominales no es un ajuste técnico. Es una guillotina política. La representación proporcional existe para que las minorías tengan voz, para que el Congreso refleje la pluralidad del país, no solo al partido con mayor músculo territorial.

Quitar plurinominales no fortalece la democracia; la empobrece. Deja al Legislativo como un eco del Ejecutivo. Permite que el oficialismo alcance mayorías calificadas sin negociar, sin escuchar, sin ceder. Exactamente lo que ocurrió en Venezuela cuando el Parlamento dejó de ser un contrapeso y se volvió un adorno.

Un Congreso sin oposición real es el primer paso para gobernar sin límites.

2- Luego, ahogar al adversario

Reducir las prerrogativas a partidos políticos se vende como justicia presupuestal. En realidad, es estrangulamiento selectivo. La oposición vive de financiamiento público porque no controla gobiernos, contratos, plataformas oficiales ni conferencias diarias transmitidas en cadena nacional.

3- Morena sí. El gobierno sí.

Cuando se recorta el dinero parejo pero se mantiene intacta la maquinaria estatal, la competencia deja de ser equitativa. Es como mandar a un boxeador con una mano atada al ring mientras el otro entra con guantes, casco… y árbitro propio.

Esto no es austeridad. Es ventajismo institucionalizado.

4- El dinero como voto

Un billón de pesos en programas sociales, programados para entregarse este 2026, no es solo una política pública: es el corazón electoral del régimen. Transferencias directas, sin intermediarios, sin reglas claras de evaluación, sin padrones transparentes y, sobre todo, sin neutralidad política. Todo esto es lo que ha utilizado este narcopartido y lo pretende repetir en 2027.

Cuando el ingreso básico de millones de familias depende de un gobierno que se presenta como benefactor único, el voto deja de ser libre y se vuelve temeroso. No se vota por convicción; se vota por supervivencia.

En Venezuela, el “voto agradecido” fue la llave para desmontar la alternancia. En México, el libreto es inquietantemente similar.

5- El ejército que no usa uniforme

Los llamados Servidores de la Nación no son simples gestores sociales. Son una estructura territorial de campaña permanente, financiada con recursos públicos, que toca puertas, entrega dinero y asocia el beneficio con un nombre, un rostro y un partido. Durante cada elección, desde 2021 se ha demostrado con videos, fotografías, testimonios.

No hay partido de oposición capaz de competir contra un aparato estatal que opera los 365 días del año. Eso no es política social; es clientelismo de Estado.

La democracia exige árbitros neutrales. El Plan Venezuela los sustituye por operadores leales, q      que se pagan con nuestros impuestos.

6- El golpe final: desmantelar los árbitros

La posible desaparición de los OPLEs y la centralización absoluta de las elecciones en el Instituto Nacional Electoral no apunta a eficiencia, sino a control. Los organismos locales han sido pilares del federalismo electoral, han garantizado logística, legalidad y cercanía con las realidades estatales.

Eliminarles no ahorra democracia; la debilita. Centralizar todo en una megaestructura nacional crea burocracia, lentitud y vulnerabilidad política. En Venezuela, el Consejo Nacional Electoral dejó de ser árbitro para convertirse en actor. El resultado es conocido.

Cuando el árbitro depende del poder, el partido siempre está cargado.

7- La gran mentira

El discurso oficial dice que estas reformas “empoderan al pueblo”. La verdad es que lo despojan de opciones. Una democracia sin oposición fuerte, sin financiamiento equitativo, sin árbitros independientes y con el Estado convertido en maquinaria electoral no es democracia. Es un régimen.

No hacen falta tanques en las calles ni fraudes burdos. Basta con cambiar las reglas para que el resultado sea inevitable. Eso es lo que hace peligroso al Plan Venezuela: su legalidad aparente.

Sin censura

México no va camino a una dictadura clásica. Va camino a algo más sofisticado y, por eso, más difícil de combatir: un autoritarismo electoral, donde se vota, sí, pero no se elige.

Hoy todavía hay tiempo. Mañana, quizá no.

Porque cuando el poder decide que la democracia estorba, lo primero que hace no es cancelarla: la reforma.

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