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Por: Víctor R. Hernández
México no tiene un problema de discurso. Tiene un problema de confianza. Y cuando ocho de cada diez empresarios ya no creen que este sea un buen momento para invertir en el país, la discusión oficial sobre “buen ambiente de negocios” se cae por su propio peso.
Los números que puso sobre la mesa Juan José Sierra Álvarez, desde Coparmex, no son una opinión política. Son un termómetro construido con la participación de 71 centros empresariales del país, levantado de manera periódica, sin margen para la anécdota aislada. Ese termómetro marca fiebre: el ánimo inversor ya había caído a niveles de pandemia al cierre de 2024, se mantuvo débil durante todo 2025 y, en el primer semestre de 2026, se desplomó otros 16.5 puntos porcentuales. Apenas 23 por ciento de los socios consultados considera que este es momento de apostar por México.

¿Por qué un empresario que quiere crecer decide, en cambio, resistir? La respuesta tiene tres apellidos: incertidumbre económica, inseguridad e incertidumbre política. Tres variables que, combinadas, producen algo peor que una crisis: producen arbitrariedad. Una empresa puede proyectar costos, tasas de interés y demanda. Lo que no puede presupuestar es la discrecionalidad de quien decide, sin reglas claras, si un permiso se otorga, si una inspección es técnica o es cobro, si la ley protege o amenaza.
La inseguridad no es un capítulo aparte de esta historia: es el cuerpo del delito. Cinco de cada diez empresas afiliadas a Coparmex han sido víctimas de algún ilícito, algunas en dos o tres ocasiones. La extorsión es hoy el delito que más las golpea. Y aquí viene el dato que debería incomodar a cualquier autoridad: 19.6 por ciento de esos cobros extorsivos no proviene del crimen organizado clásico, sino de autoridades o de quienes se hacen pasar por ellas.
La corrupción, entonces, dejó de ser un vicio administrativo para convertirse en modelo de negocio paralelo. Y no opera principalmente desde Palacio Nacional ni desde los gobiernos estatales. Según la propia exposición de Sierra Álvarez, 60 por ciento de esos cobros irregulares se concentra en el ámbito municipal, por encima de estatal y federal. El municipio —la instancia de gobierno más cercana al ciudadano, la que debería ser su primer aliado— se convirtió en su primer peaje.
Las consecuencias de ese peaje son medibles y son graves:
Castiga a quien cumple la ley y premia a quien tiene contactos o capacidad de absorber la mordida.
Convierte cada trámite en una negociación bajo amenaza de clausura.
Desincentiva la apertura de nuevos negocios formales.
Empuja liquidez hacia el colchón defensivo en lugar de hacia la nómina o la inversión.

Erosiona, extorsión tras extorsión, la poca confianza institucional que quedaba.
Coparmex lo resumió con una frase que debería ser titular nacional: las empresas pasaron de expandirse a resistir. Resistir no es invertir. Resistir es no abrir la sucursal, no contratar al siguiente trabajador, reducir inventario y guardar efectivo por si llega la próxima amenaza. Se pueden anunciar megaproyectos desde un templete, pero la economía real se construye —o se destruye— con miles de decisiones pequeñas tomadas todos los días desde el miedo.
¿Puede un gobierno exigir inversión mientras su propia estructura municipal cobra derecho de picaporte? ¿Puede pedir confianza mientras casi dos de cada diez extorsiones las cometen, directa o indirectamente, servidores públicos? La respuesta gubernamental no puede ser, otra vez, pedir paciencia o cuestionar la metodología del mensajero. Reconocer el diagnóstico es la única puerta de entrada a la corrección: denuncias protegidas, inspecciones trazables, sanciones reales a funcionarios extorsionadores y coordinación efectiva contra el cobro criminal.
Porque la certeza no se decreta ni se anuncia en conferencia matutina: se construye ventanilla por ventanilla, permiso por permiso, municipio por municipio. Mientras eso no ocurra, el país seguirá celebrando cifras de crecimiento en el discurso mientras, en la calle, los empresarios siguen aprendiendo —a la mala— a sobrevivir.